El Inmueble: Camello, León y Niño
- Mauricio Calvo Arancibia
- 7 jun 2024
- 6 Min. de lectura
Si agarramos un edificio, afirmando que este se encuentra “lleno de vida” … parece una afirmación obvia, porque, en un edificio siempre hay gente, lo cual, le da vida.
Pero, en realidad, un edificio está vivo más allá de las personas que lo habitan, más allá de la vida externa que se mueve junto a él, pudiendo contar en total hasta 3 tipos de vida distintos que coexisten en cada momento del transcurso de la existencia de un edificio.
Es así que, plantearemos un ejercicio mental, explicar las vidas de un edificio, haciendo un símil con una triada filosófica conocida por los lectores del bigote más famoso del siglo XIX: el camello, el león y el niño.
La vida del Camello, es la vida social de una edificación, la vida condicionada en su existencia a un servir social para otros.
Esta condicionalidad tiene como fuente primaria a las personas que entran, habitan, miran o estudian el edificio; es la más dinámica de las 3 existencias, pues está en constantes cambios que van desde lo psíquico a lo físico según se necesite.
Esta vida camélida, guarda en su ser las características históricas, mentales y de relaciones sociales de sus habitantes y estudiosos, tienen suma importancia para nosotros como sociedad en movimiento, pues, es nuestro diario no escrito de como habitamos el mundo, como nos movemos en él durante largos periodos de tiempo, generación tras generación, estructura social tras estructura social.
Un edificio produce en nosotros emociones:
· Puede emocionarnos con su belleza, calmarnos por su solemnidad, enojarnos con su significado, intimidarnos por su postura, ayudarnos a descargar odio con su simbolismo.
Nos guarda en la historia:
· Pues en su diseño, recuperación y modificaciones, nos muestra cómo hemos desarrollado a lo largo del tiempo técnicas constructivas, expresiones artísticas y momentos memorables para nosotros como sociedad
Nos sirve para transmitir un mensaje:
· Porque un edificio es un hábil mensajero, es un poderoso emisor, receptor y transmisor de todo tipo de señales, deseos u ordenes de nuestra sociedad hacia todo lo que nos rodea.
Pero, aun así, al ser una vida condicionada, podemos entenderla no como una vida propia del edificio, sino como una vida cargada para él, donde sea cual sea el peso que nosotros como conjunto pongamos en sus cimientos, este aguanta sin decir una palabra, solo rumeando y atendiendo a nuestro pedido, caminando a nuestro lado en este desierto de arena que se llama el tiempo de vida.
Por esto mismo, siendo un comentario más cercano a lo técnico de la arquitectura que a lo social de la misma, esta vida no le es realmente fundamental al edificio, es más útil e importante para nosotros como conjunto que para nuestro inerte acompañante el cual no distingue entre la diversidad social que va a acoger.
Esto no quiere decir que un edificio no tenga que servir a las personas que habitan su interior, exterior y conjunto, sino que, este servicio le es externo a un edificio y es una vida condicionada al servicio del otro.
La vida del León, la vida artística, la vida confrontativa o incluso (agarrado con pinzas y dependiente de muchos factores) vida fenomenológica.
Esta es la vida que le es aplicada a la edificación por el compositor de la obra, sea este un arquitecto titulado o no, al compartirle su carácter personal, memorias propias e ideas personales.
Esta vida se la da una persona individual, dentro del grupo social al momento de organizar su existencia, pues coloca en la construcción decisiones importantes basadas en su experiencia o deseo del momento, pudiendo estar este pensar acorde al sentir social o no, creando una vida con un espíritu temporal que pervivirá mientras se recuerde a su autor o perviva la intención del mismo al construir el edificio, por lo tanto, es una vida posiblemente muy breve en comparación a la anterior.
Pero, aunque podríamos decir que es condicionada y por lo tanto camélida, esta vida es diferente, de hecho, le atribuimos la característica felina por su naturaleza de choque al momento de su nacimiento, pues por más que uno pueda amoldarse al edificio, el espíritu original que se le ha dado busca luchar y subsistir a los vientos sociales que le sean contrarios, buscando pervivir su idea original por encima de los deseos de los demás.
La fenomenología aplicada en el diseño, más allá de toda conciencia social al momento de tomar decisiones, crea espacios que están direccionados hacia una experiencia personal original en específico.
Las memorias originales de su constructor, buscarán pervivir a cualquier cambio posterior direccionado por otro ser social, requiriendo para mutarlo el uso de la violencia física natural en el confrontamiento, o en otras palabras por medio de la reforma, destrucción y nueva construcción, para implementar un nuevo espíritu que vuelva a buscar perdurar contra lo que se le busque en un futuro colocar encima.
Pero hay que añadir que esta vida no solo es condicionada una vez, sino en realidad es doblemente condicionada.
La primera condicionalidad le es propia al creador, porque siempre habrá en una construcción un arquitecto que imprima un carácter o una experiencia, porque en realidad, no hay arquitectura sin arquitecto, solo hay arquitectos que no han estudiado la carrera de arquitectura, pero no por ello son seres sin carácter al momento de encarar una obra.
Y la segunda condicionalidad, le es propia al nuevo propietario temporal de la obra, porque al ser una vida proclive a la confrontación, esta ligada necesariamente a quien venga a confrontar la idea reveladora u original que tenga el edificio, a esa nueva entidad rectora que puede ser otro felino peleador o también un camélido apacible.
Es así que, al ser doblemente condicional, con mayor razón que la anterior, podemos decir que esta vida no le es propia o natural al edificio, sino que depende de influencias externas para expresar un significado en específico.
Pero nuevamente, al decir que no le es natural no significa que no deba imprimírsele ese espíritu al edificio, porque es algo prácticamente inevitable, solo se busca expresar que, en realidad, esta vida más rebelde, es más importante para quien organice la obra como individuo en determinado momento de la vida del edificio.
Tras dos vidas ya pasadas nos quedaría la vida de infante, o Niño, una vida distinta a las otras anteriormente vistas, porque esta sería la única no condicionada por lo social o lo individual, pues, se trata de la vida de las fuerzas naturales dentro de un edificio.
Esta vida de los edificios, es la única que en realidad nos condiciona a los externos al funcionamiento del edificio, los cuales tenemos que adaptarnos buscando la mejor solución dentro de sus reglas internas.
Esta es la vida de las fuerzas, o, en otras palabras, la vida de las puras soluciones físicas y matemáticas, que nos asegurarán la existencia del edificio.
Coloquialmente conocemos esta vida inocente e infantil, pues esta apegada a las leyes de la naturaleza, con una serie de nombres que los arquitectos solemos repeler o evitar dentro de la formación universitaria, quedan avisados los sensibles pues nos referimos a: resistencia de materiales, estado limite elástico, estado limite plástico, resistencia tras rotura, compresiones, tensiones, momentos, cortantes, deformaciones, dosificaciones, reacciones al calor, al agua, al frío, al granizo, a la nieve, a las vibraciones, esfuerzos de viento, física dinámica de los terremotos, etc.
Es un lenguaje que se transmite a nosotros de manera no fonética, sino, por medio de reacciones físicas que emergen con cada decisión ajena a esta vida de los materiales, que incluso existe, aunque no armemos ningún edificio, pues un solitario ladrillo ya tiene esta vida insertada de forma natural con solo permanecer en el piso.
Y queda claro esta vida condicionante y 100% no condicionada, pues, si no se cumplen las adecuadas formas y no se traduce a nuestro lenguaje adecuadamente esta muda energía, el resultado es claro, el edificio se transformará hasta responder a estas necesidades o se caerá jamás pudiendo existir.
Al serle esta vida la única natural, alejada de toda influencia externa, pues a pesar de que aparezcan nuevos materiales estos vienen con un dosier de nuevas reglas a seguir, nos pone una responsabilidad interesante a los que nos denominamos arquitectos, entendiendo que talvez nuestra labor es más bien la de un traductor en vez de la de un líder, siendo más importante saber traducir los resultados que esperamos obtener que el lenguaje que queremos imponer como individuo o sociedad.
Pero es curioso que muchas veces dentro de nuestro rubro dejamos esta labor a maestros constructores e ingenieros, siendo talvez más propio llamarnos ahora diseñadores de conjunto que arquitectos en realidad, pero esto claro es solo un pensamiento.

Artículo muy interesante, excelente propuesta para la arquitectura actual y de antaño. Es tiempo de reconocer la función, vida y utilidad de nuestros edificios.